miércoles, 5 de enero de 2011

LOS EMPALAOS


Honor. Orgullo. Dolor. Sacrificio. Promesa. Fe. Silencio. La medianoche del Jueves al Viernes Santo (9-10 de abril) aglutina todos estos conceptos en el pueblo cacereño de Valverde de la Vera a través de la procesión de los Empalaos, una manifestación religiosa típica de estas fechas pero que se diferencia de otras por su marcado individualismo (es una catividad voluntaria sin mediación de cofradías) y juventud (los empalaos suelen ser menores de cuarenta años). Además no hay música, ni clarines ,ni tambores. El penitente cumple su promesa en el más estricto silencio, roto sólo por sus esfuerzos para respirar y el tintineo de tres pares de vilortas que cuelgan del madero que carga.
Todo empieza antes de las doce de la noche, cuando el voluntario se reúne con algunos veteranos para vestirse. O mejor desvestirse, pues únicamente llevará un faldellín blanco, un velo traslúcido tapándole el rostro y una corona de espinas o flores. A continuación los expertos le enrrollan una gruesa soga alrededor del torso desnudo desde la cintura hasta las axilas, poniendo especial cuidado en no pellizcar la piel ni dejar la maroma demasiado floja, pues ello provocaría úlceras o rozaduras. Antes de dar las últimas vueltas, otros veteranos colocan sobre los hombros del empalao el travesaño de madera que habrá de portar; antiguamente se usaba el timón de un arado, de ahí la tradición de las vilortas. El madero se sujeta a los brazos en cruz con más vueltas de cuerda y en la espalda se atan dos espadas con la punta en alto, presunto símbolo precristiano.

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